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Cada vez hay más mujeres drogodependientes en Afganistán: “Por dos o tres euros consigues cristal” | Planeta Futuro

En un barrio residencial del centro de Kabul, la capital de Afganistán, se ubica uno de los espacios de rehabilitación que trabaja 24 horas sin descanso para dar respuesta a una realidad cada vez más extendida: un consumo desmesurado de droga que afecta tanto a hombres como mujeres. Sobre todo a ellas. “Hace dos o tres años era realmente difícil ver a una adicta en las calles. Ahora, siempre que salimos, encontramos”, explica la doctora Shaista Hakeem, coordinadora del centro 100-bed National Center for the Treatment of Addiction for Women and Children (Centro Nacional de Tratamiento de Adicciones para Mujeres y Niños con 100 camas). Recibe la visita en su despacho, situado en la entrada del edificio. Abrió en 2016 y cuenta con 60 empleados: 50 mujeres y 10 hombres, que acogen a unas 50 pacientes.

Las instalaciones son amplias, de paredes blancas, y consta de diversas plantas, patio, terraza y salas polivalentes. En una de ellas, los hijos de las pacientes reciben clases. Hoy aprenden los meses del año en el calendario local y los principios del islam. En otro cuarto, un grupo de mujeres, apoyadas por psicólogas y trabajadoras sociales, participan en actividades para mejorar su estado mental. “El tema de hoy es el autocontrol. ¿Qué conocéis sobre este tema?”, arranca la psicóloga.

Una docena de asistentes, sentadas en círculo y en silencio –y hoy más cohibidas por la presencia de los visitantes–, participa en la sesión. La terapeuta las anima a intervenir. Finalmente, la mayor del grupo se atreve: “Deberíamos tener control sobre nuestro cuerpo. Y pedir perdón a las personas de las que hemos abusado, y no molestarlas de nuevo”. Otra apunta: “Deberíamos ser buenas y tratar bien a la gente. A familiares, a amigos, a todo el mundo”.

“¿Cuáles son los efectos de las drogas?”, interpela de nuevo la psicóloga. “Te separan de tu hogar, de tus hijos, de la familia. No vivirás más con ellos y te convertirás en una persona inútil”, apunta una tercera mujer. Y otra más añade que los hijos sienten que ellas no deberían ser sus madres porque han destrozado sus vidas.

Un millón de mujeres drogodependientes

En un país afectado por 40 años de conflictos, resulta difícil cuantificar el número de personas drogadictas. Según la Organización de las Naciones Unidas, al menos el 3% de las afganas lo eran en 2009. Actualmente, las estimaciones del Ministerio de Salud Pública sitúan el número cerca del millón; y la de niños y niñas, sobre los 100.000.

Las cifras masculinas son igual de alarmantes. En 2005, había unos 200.000 adictos al opio. En 2009, ya habían ascendido al millón, y en 2015 la cifra se situaba entre 1,9 y 2,4 millones, aunque los últimos datos oficiales estiman que hay cinco millones de una población total de unos 40.

El aumento exponencial, tanto en cifras femeninas como masculinas, resulta evidente y preocupante, teniendo en cuenta que, entre 2002 y 2017, Estados Unidos invirtió 8.500 millones de dólares (mismo valor en euros) para luchar contra el narcotráfico en el país centroasiático, según datos de la Inspección General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR). Desde hace décadas, Afganistán es el principal cultivador mundial de la amapola, la planta que se utiliza para producir opio. De este país sale el 80% de la sustancia que se consume en el mundo, según Naciones Unidas. La que no se exporta, supone un grave problema.

“Comprar droga es súper barato. Por 20 afganis (unos 20 céntimos) puedes adquirirla. La mayoría de nuestros pacientes usaba heroína al principio, pero ahora consumen metanfetamina o cristal, como lo quieras llamar. Aquí lo llamamos shisha”, puntualiza la doctora Hakeem.

La razón principal por la que las mujeres se enganchan es por la economía y la falta de empleo. La situación económica hace que no puedan luchar por sus vidas y no pueden abastecer a sus familias

Shaista Hakeem

“Las principales razones por la que las mujeres se enganchan son por la situación económica y la falta de empleo. La precariedad hace que no puedan luchar por sus vidas ni abastecer a sus familias, y la manera fácil es colocarse”, cuenta la médica, que ha trabajado en el ámbito de las drogadicciones en las últimas dos décadas. Sostiene que, en muchos casos, los maridos son quienes las inician: fuman en casa y así es como las acostumbran. “Tenemos niños y niñas aquí, incluso de dos años, cuyas madres consumían durante el embarazo. Y cuando no saben acallarlos [cuando lloran] les dan alguna droga. Así que desde pequeños son adictos”, asegura la profesional.

Ante el panorama desolador, trabajan incansablemente en un tratamiento por tres fases: “Los primeros 15 días son para la desintoxicación. Después tenemos la etapa de rehabilitación, donde las entrenamos en distintos ámbitos. La tercera es el seguimiento, que lo hacemos durante un año con la paciente, para que no tome drogas de nuevo. Aunque ahora, por falta de financiación, hemos tenido que parar esta última”, lamenta Hakeem.

13 días luchando por desintoxicarse

La doctora recorre las habitaciones de las usuarias. En una de ellas, reposa Shukria, de 35 años, junto a dos de sus hijas. Roya, de 16 años, y Samira, de dos. Son de Badakshan, al noreste del país. Explican que cuando la guerrilla talibán tomó el control de la zona, y también empujados por las dificultades económicas, Shukria, su marido y los cinco hijos en común se desplazaron a Kabul. De eso hace ya seis años.

Tenemos niños y niñas aquí, incluso de dos años, cuyas madres consumían durante el embarazo

Shaista Hakeem

Hace cinco empezó su descenso a los infiernos tras su primer contacto con las drogas. “En aquel momento no podía entender lo que me pasaba. Cuando miro atrás, me siento muy mal”. Shukria empezó tomando heroína y, progresivamente, cambió al cristal. “Por 200 o 300 afganis (unos dos o tres euros), puedes conseguir una pequeña porción”, aclara.

Su historia se encuentra en la línea de las que la doctora, que escucha la conversación desde un rincón de la habitación, ve en su día a día. Pobreza y falta de perspectivas de futuro: el cóctel fatal que empuja a muchas a la drogadicción. “Todo esto es debido a la situación económica y el no tener dónde vivir. Si tuviera casa propia y pudiera ganarme la vida, ¿por qué tomaría drogas? Empecé para aliviar la tensión”, lamenta.

Shukria ya había estado una vez en el centro de rehabilitación, donde llegó por su propio pie. Esta segunda vez, las trabajadoras sociales encontraron a la hija de 16 años bajo el puente Pul-e-Sokhta, donde acuden muchos adictos. Localizaron a la madre y ambas ingresron en el centro nuevamente. De eso hace 13 días.

Durante el primer año en Kabul, no tomábamos drogas, pero en los últimos cinco toda la familia consume

Roya, hija de Shukria

La hija adolescente, Roya, con posado serio, no rehúye las preguntas. “Mi padre es quien empezó. Y, lentamente, toda la familia se enganchó. Nunca he ido a la escuela. Y tenía unos 10 años cuando vine a vivir a Kabul. Durante el primer año, no tomábamos drogas, pero en los últimos cinco, toda la familia consume”. Cuando acabe el tratamiento planea empezar a estudiar. La doctora interviene desde un rincón de la sala. “Hemos pedido a algunos colegios que acepten alumnos de los hospitales, pero les piden los documentos nacionales de identidad. Y ni tan siquiera tienen”.

Buscar a posibles pacientes por puentes, mercados y montañas

Las pacientes no suelen acudir solas al centro, por lo que un grupo de trabajadoras sociales, vestidas con sus batas blancas, mascarillas quirúrgicas y acompañadas de una furgoneta, se desplaza periódicamente por las calles de Kabul para localizar a mujeres drogodependientes e invitarlas a ingresar en el centro de desintoxicación. Las localizaciones suelen repetirse: puentes, mercados y montañas. Lugares en los que habitualmente las personas acuden para comprar o consumir su dosis.

La furgoneta se detiene en la parte baja de una colina y, a continuación, las trabajadoras suben decididamente hacia donde se encuentran la mayoría de drogodependientes. Hay perros callejeros y hoyos donde, para evadirse, se esconden algunos. La mayoría son hombres, pero las asistentes sociales saben que el lugar también es frecuentado por mujeres. Nada más ver a las recién llegadas, escapan como pueden.

“No soy adicta. Mis hijos están en casa, y mi marido no me deja ir con vosotras”, responde la mayoría de las interpeladas mientras tratan de huir. Muchas son ya exusuarias. “Si no vienes, iremos a la comisaría y los talibanes vendrán aquí y os llevarán con nosotras”, insisten las trabajadoras para tratar, sin éxito, de convencerlas.

La encrucijada de los talibanes contra la drogadicción

Mencionar a los talibanes no suele dejar indiferentes los usuarios de drogas. Saben que desde que los fundamentalistas volvieron al poder, han endurecido las medidas anti droga. Después de unos meses de dudas, el líder talibán, Haibatullah Akhundzada, anunció el 3 de abril un nuevo decreto por el que prohibían el cultivo y fabricación de sustancias estupefacientes..

Los talibanes han implementado restricciones [hacia los adictos] y nos han dicho que la próxima vez que venga un paciente tenemos permiso para matarle

Shaista Hakeem

Sobre el terreno, también se han notado los cambios. “Los talibanes han implementado restricciones [hacia los adictos] y nos han dicho que la próxima vez que venga un paciente, tenemos permiso para matarle. Les hemos respondido que somos doctoras y solo queremos tratarlos”, explica Hakeem, la coordinadora. Y añade: “Muchos han muerto en otros centros. Nosotras normalmente reducimos gradualmente el nivel de droga del paciente, pero los talibanes simplemente los dejan en una cama, sin ninguna disminución gradual”.

La coordinadora del espacio de rehabilitación ve cómo los problemas van en aumento. “De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los usuarios de drogas no son criminales, y necesitan ser asistidos. Antes había muchas entidades, pero ahora el Ministerio de Salud Pública los trata y el Ministerio de Interior los trae aquí. Trabajan juntos y eso nos ha creado más problemas que soluciones”, lamenta Hakeem.

Mientras las asistentes sociales se adentran bajo uno de los principales puentes del centro de Kabul donde se aglomeran muchos de ellos, en la parte de arriba dos policías talibanes se encargan de controlar la situación, ante las miradas de curiosidad y preocupación de los ciudadanos que cruzan la céntrica avenida, rodeada de mercados. “Estamos aquí para protegeros, para que nadie os toque”, anuncia Adel Ahmad, oficial de actividades criminales del distrito 6 de Kabul.

Los policías acuden todos los días a la zona. “Hay más de mil drogadictos por aquí y queremos que reciban algún tipo de ayuda y se recuperen. Tenemos un buen comportamiento con ellos, la solución no es golpearlos. Lo único que podemos hacer es intentar prevenirles de que vengan a esta área”, prosigue Ahmad, tratando de ofrecer un rostro amable hacia los extranjeros que preguntan.

En su primer mandato, que duró de 1996 a 2001, los talibanes prohibieron el cultivo de la amapola con el fin de ganarse la legitimidad de la comunidad internacional. Pero cuando la irrupción de Estados Unidos en el país los sacó del poder tras el atentado contra las torres gemelas de Nueva York, y durante los siguientes 20 años de insurgencia, al grupo extremista se le acusó de beneficiarse del comercio de la droga cobrando impuestos a los traficantes desde las áreas bajo su control.

Una investigación de David Mansfield, experto en los circuitos de tráfico de drogas afganos, sugiere que solo en 2020, antes de volver al poder, el grupo ganó 20 millones de dólares mediante este contrabando. Sin embargo, los fundamentalistas siempre han negado estar vinculados con el narcotráfico. “La pobreza es la causa principal de la adicción”, añade Qari Nasser, gerente del área de crímenes, también talibán. “Cuanto más pobre es la gente, más adicta se vuelve. Hay niños muy pequeños que vienen aquí y es el mundo el que lo ha facilitado. Si el mundo quiere erradicarlo, debe ayudar a conseguir una buena educación y mejorar los factores económicos”.

“¿La solución? La mejor solución es liberar el dinero bloqueado, el que Estados Unidos se ha apoderado”, continúa Nasser. “Y construir hospitales para ellos. Por último, si la comunidad internacional realmente quiere erradicar a los drogadictos, debería darles soluciones alternativas para que puedan dedicarse a otras cosas. Conseguir ayuda en sectores como la agricultura, o ayudar a prevenir el contrabando, aunque para esto no hay solución”. Como la economía es tan pobre en el país, la gente se gana la vida con ello.

La huida de Farida

Una de las mujeres, vestida de negro y que aparenta una edad avanzada, huye colina abajo. “¡Stop, stop, stop!”, gritan las asistentes sociales, que corren a su alrededor. “¡No quiero ir con vosotras!”, responde la mujer, al principio sin detenerse. Hasta que finalmente frena al pie de la montaña.

Es Farida –nombre ficticio– y mendiga para conseguir dinero. “Quiero quedarme aquí. He estado allí [en el centro de rehabilitación] 10 o 12 veces, pero no me cura”, explica, abatida, ya sentada en un lado de la calle y sin levantar la vista del suelo. “Hay gente que me trae la droga aquí. Tengo niños pequeños y por la noche vuelvo a casa”. Asegura que no ha encontrado apoyo en ninguna otra institución, y tantos años consumiendo le han dejado sin ninguna esperanza. “Una de mis amigas del colegio solía hacerlo, y así es como empecé”, explica. Su realidad es el reflejo de muchas otras afganas. “He perdido a mi marido, mi hija, mi madre, mi suegra… Lo he perdido todo. Mentalmente nunca estaré bien”, lamenta.

Cuando la conversación termina, aprovecha un momento de distracción para escapar. Las empleadas del centro corren detrás de ella, ante la mirada del resto de adictos, que se limitan a observar la situación. Esta vez, consigue marcharse, pero sabe que las trabajadoras sociales volverán a buscarla.

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